miércoles, 8 de octubre de 2008

EL GENIO DEL CRISTIANISMO

Chateaubriand fue uno de esos talentos complejos: profundamente católico, con añoranzas del Antiguo Régimen y a la vez demócrata, pero, sobre todo, con una sensibilidad que le lleva a ser el primer romántico. Por encima de cualquier otra cosa, autor de una prosa indiscutida en Francia, la mejor en doscientos años. Sartre lo odiaba y lo admiraba a la vez. Barthes, al releerlo, puso en duda el valor de las vanguardias literarias si alguien, muerto en 1848, podía escribir así. Es uno de esos anti-modernos, que asumen la modernidad y la superan, de los que tan bien ha escrito Antoine Compagnon en Los antimodernos, que engloba, con matices, a los mejores autores de los siglos XIX y XX francés.
El genio del cristianismo no es un libro político, sino de arte. Su ambiente es la belleza. Trata de las creencias cristianas, de la estética cristiana, de la liturgia. Quiere hacer ver que “la religión cristiana es la más poética, la más humanitaria, la más favorable a la libertad, a las artes y a las letras; que el mundo moderno le es deudor en todo, desde la agricultura a las ciencias abstractas, desde los hospicios fundados para los desvalidos hasta los templos edificados por Miguel Ángel y decorados por Rafael”. Nadie puede negar esa combinación de racionalidad y de fe, ese acertar continuamente en el arte, en hermosas páginas literarias y en poesía por encima de cualquier maniqueísmo y arraigada en lo profundo del ser humano.
Chateaubriand pinta el gran fresco de la cultura con raíces cristianas y deja en el aire la pregunta: ¿cómo puede no ser verdad tanta belleza? Y lo más asombroso: lo dice con un estilo tan bello y perenne como una escultura de Miguel Ángel, un cuadro de Velázquez o una cantata de Bach. Él se contagió de todo lo grande que admiraba. No utilizó nunca el odio y el rencor, sino la amplitud de espíritu. Escribe en el siglo de la razón, y la utiliza, pero no se olvida de recordar que la razón “jamás han enjugado una lágrima”. Responde a todos los críticos del cristianismo: “si tratamos de pintar y de conmover, se nos piden axiomas y corolarios; y si procuramos razonar, se nos reclaman sentimientos e imágenes”.
Lo más caduco del libro es la pretendida argumentación con datos científicos experimentales: de la ciencia de hace más de dos siglos, que apenas tiene que ver con lo que hay se sabe. Lo perenne es ese basarse en los sentimientos, las emociones, las aspiraciones, la inquietud humana. En ese sentido, El genio del cristianismo es un libro para tener siempre a mano, porque, entre sus muchos méritos, está el de ser una cura contra la rutina de los cristianos, el odio de quienes prefieren ver al hombre de cualquier forma menos rezando y la humana prepotencia que no logrará entender nunca el misterio de la Navidad. Chateaubriand conmueve: evoca tantos momentos en los que la madre lleva al niño ante una imagen de la Virgen: “y el corazón del tierno infante, incapaz aún de comprender al Dios del Cielo, comprende ya a la Divina Madre que lleva un niño en brazos”.
Hacía más de treinta años que no se contaba con una edición de El genio del cristianismo. Era hora.

LIBERTAD PARA ELEGIR & ADMINISTRACIÓN EDUCATIVA

Aceprensa 3 Octubre 2008


Un juzgado de Barcelona ha fallado a favor de unos padres que demandaron a la Generalitat de Cataluña por impedirles ejercer el derecho a escoger el tipo de educación que deseaban para su hija. Ellos querían llevarla al colegio concertado Llissach, de Santpedor (Barcelona), con cuyo ideario se identifican. Pero la administración educativa, alegando razones “materiales y presupuestarias”, inscribió a la niña en un centro público de reciente creación, donde estuvo todo el curso pasado. La sentencia afirma que prevalece la elección de los padres, y ordena escolarizar a la pequeña en la escuela que desean.
La administración educativa replicó que es legítimo denegar la elección de escuela por necesidades de la planificación escolar. En este caso, las razones de la administración eran que en el municipio había plazas públicas libres, y mientras no se cubrieran no quería ampliar la oferta de plazas en centros concertados.
El fallo sienta que los criterios de organización no pueden prevalecer sobre lo que dispone el art. 27.3 CE: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Ciertamente, precisa la juez, María Rosa Gutés, ese derecho no es el de la libre elección de centro, que no está garantizada por la CE. Ahora bien, continúa, “para que la imposición a los padres de un centro distinto al elegido no vulnere el art. 27 de la CE, es preciso que el centro impuesto garantice una formación equivalente a la que habían elegido”. Y eso no ocurre con el colegio público en cuestión, porque no tiene un ideario conforme con las convicciones de los padres demandantes.
La juez subraya que “la opción religiosa y moral es básica cuando de educación se trata”. Por eso, no se puede despreciar “por razones tan prosaicas como la del respeto a unos cupos fijados en función no de la demanda real de los padres, sino de las preferencias de la administración educativa por un determinado modelo de escuela”.
Ciertamente, hay que organizar las plazas para asegurar la escolarización de todos los alumnos, pero el derecho superior de las familias con respecto a la orientación moral y religiosa de la enseñanza constituye un límite a la discrecionalidad de la autoridad educativa para distribuirlos en los distintos centros. Así pues, señala la sentencia, “la oferta educativa debe ajustarse a la demanda, haciendo una prospección previa si es necesario, en lugar de ofertar unas plazas que luego no se pueden cubrir, como ocurre en el municipio de Santpedor, por razones que la demandada [la Generalitat] no debería despreciar”.

jueves, 4 de septiembre de 2008

¿POR QUÉ NO SE INFORMA A LAS MUJERES SOBRE LOS RIESGOS DEL ABORTO?

En Gran Bretaña se ha reabierto el debate en torno a la relación entre aborto y salud mental. En un artículo publicado en The Times (19 agosto 2008), Melanie McDonagh critica a quienes se oponen a suministrar una información adecuada sobre las consecuencias del aborto para que haya un consentimiento informado.

El próximo octubre, el parlamento británico debatirá la reforma de la ley sobre Human Fertilisation and Embriology. En el apartado que se refiere al aborto, una discutida enmienda presentada pretende exigir que los doctores informen a las que deseen abortar sobre los riesgos de daños psicológicos que puede producir el aborto voluntario. También quiere establecer un período de reflexión durante el cual se madure la decisión de abortar.
Los partidarios del aborto se han rasgado las vestiduras ante estas exigencias. Según ellos, no hay base científica para decir que la interrupción del embarazo cause problemas de salud mental. Para demostarlo, se remiten a un estudio de la Academia Americana de Psicología que se fundamenta en el análisis de algunos estudios empíricos publicados desde 1989.
Para Melanie McDonagh, la principal objeción que existe contra el aborto no es el daño que puede causar en la mujer, sino la destrucción del feto. De todos modos, añade, si tuviéramos que tomarnos en serio los estudios sobre las consecuencias del aborto en la salud mental habría que reconocer que ninguno de ellos es concluyente.
McDonagh desconfía de la objetividad de las investigaciones sobre el aborto. Curiosamente, dice, todos los trabajos que conoce sobre esta materia han sido realizados bien por promotores del aborto bien por activistas pro-life. "La investigación libre de ideas preconcebidas sobre el aborto es una bonita idea, pero no creo que existan investigadores neutrales por muy buena que sea su metodología"
Según McDonagh, una lectura atenta deja ver los serios defectos metodológicos de los estudios que descartan los riesgos para la salud mental. Pone como ejemplo el estudio citado de la Academia Americana de Psicología, que recibió en su día severas críticas por parte de la comunidad científica. Entre otras cosas, este trabajo fue criticado por dejar fuera de su consideración una serie de estudios que advertían sobre los riesgos psíquicos del aborto en las mujeres.
Dado que los abortistas y los pro-life no terminan de ponerse de acuerdo sobre las consecuencias del aborto en las salud mental de las mujeres, McDonagh piensa que los más sensato es hacer lo que propone la enmienda a la Human Fertilisation and Embriology Bill; es decir, informar a las mujeres que desean abortar sobre los posibles riesgos y establecer un período de reflexión. "Aun en el caso de que los riesgos para la salud mental de las madres fueran reducidos, ¿cómo puede alguien oponerse a que una mujer sea informada sobre estos riesgos?".
En Aceprensa 2 de Septiembre 2008

viernes, 15 de agosto de 2008

PADRES BRILLANTES, MAESTROS FASCINANTES

Padres brillantes, maestros fascinantes nos presenta las tremendas dificultades a las que nos enfrentamos quienes tenemos la bonita tarea de educar, y cómo hoy en día no basta con ser un buen padre o un buen maestro: hay que ser brillante, y fascinante.
De la mano de esta premisa, Augusto Cury nos presenta sus principios básicos para llegar a convertirnos en esos padres o maestros que dejan verdadera huella en sus hijos y alumnos. Esos que van mucho más allá de lo que se hace actualmente, utilizando principalmente las armas de la creatividad, la emoción y la afectividad. No es una lista larga ni técnica, pero son las llaves maestras que pueden llevar a abrir el corazón de cualquier niño o joven.

sábado, 9 de agosto de 2008

EL EMBRIÓN HUMANO EN LA FASE DE PREIMPLANTACIÓN

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A UN CONGRESO ORGANIZADO POR LA ACADEMIA PONTIFICIA PARA LA VIDA
Lunes 27 de febrero de 2006

"El embrión humano en la fase de preimplantación", es decir, en los primeros días que siguen a la concepción, es una cuestión sumamente importante hoy, tanto por sus evidentes repercusiones sobre la reflexión filosófico-antropológica y ética como por sus perspectivas de aplicación en el ámbito de las ciencias biomédicas y jurídicas. Se trata, indudablemente, de un tema fascinante, pero difícil y arduo, dada la naturaleza tan delicada del asunto en cuestión y la complejidad de los problemas epistemológicos que conciernen a la relación entre la constatación de los hechos en las ciencias experimentales y la consiguiente y necesaria reflexión sobre los valores en el ámbito antropológico. Como se puede comprender bien, ni la sagrada Escritura ni la Tradición cristiana más antigua pueden contener exposiciones explícitas sobre vuestro tema. Sin embargo, san Lucas, al narrar el encuentro de la Madre de Jesús, que lo había concebido en su seno virginal hacía sólo pocos días, con la madre de Juan Bautista, ya al sexto mes de embarazo, testimonia la presencia activa, aunque escondida, de dos niños: "Cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno" (Lc 1, 41). San Ambrosio comenta: Isabel "percibió la llegada de María, y él (Juan) la llegada del Señor; la mujer, la llegada de la mujer; el niño, la llegada del Niño" (Comm. in Luc., 2, 19. 22-26). Con todo, aunque falten enseñanzas explícitas sobre los primeros días de vida de la criatura concebida, es posible encontrar en la sagrada Escritura indicaciones valiosas que despiertan sentimientos de admiración y aprecio del hombre recién concebido, especialmente en quienes, como vosotros, se proponen estudiar el misterio de la generación humana. En efecto, los libros sagrados quieren mostrar el amor de Dios a cada ser humano aun antes de su formación en el seno de la madre. "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado" (Jr 1, 5), dice Dios al profeta Jeremías. Y el salmista reconoce con gratitud: "Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma" (Sal 139, 13-14). Estas palabras adquieren toda su riqueza de significado cuando se piensa que Dios interviene directamente en la creación del alma de cada nuevo ser humano. El amor de Dios no hace diferencia entre el recién concebido, aún en el seno de su madre, y el niño o el joven o el hombre maduro o el anciano. No hace diferencia, porque en cada uno de ellos ve la huella de su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26). No hace diferencia, porque en todos ve reflejado el rostro de su Hijo unigénito, en quien "nos ha elegido antes de la creación del mundo (...), eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos (...), según el beneplácito de su voluntad" (Ef 1, 4-6). Este amor ilimitado y casi incomprensible de Dios al hombre revela hasta qué punto la persona humana es digna de ser amada por sí misma, independientemente de cualquier otra consideración: inteligencia, belleza, salud, juventud, integridad, etc. En definitiva, la vida humana siempre es un bien, puesto que "es manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria" (
Evangelium vitae, 34). En efecto, al hombre se le dona una altísima dignidad, que tiene sus raíces en el íntimo vínculo que lo une a su Creador: en el hombre, en todo hombre, en cualquier fase o condición de su vida, resplandece un reflejo de la misma realidad de Dios. Por eso el Magisterio de la Iglesia ha proclamado constantemente el carácter sagrado e inviolable de toda vida humana, desde su concepción hasta su fin natural (cf. ib., 57). Este juicio moral vale ya al comienzo de la vida de un embrión, incluso antes de que se haya implantado en el seno materno, que lo custodiará y nutrirá durante nueve meses hasta el momento del nacimiento: "La vida humana es sagrada e inviolable en todo momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento" (ib., 61). Queridos estudiosos, sé bien con cuáles sentimientos de admiración y de profundo respeto por el hombre realizáis vuestro arduo y fructuoso trabajo de investigación precisamente sobre el origen mismo de la vida humana: un misterio cuyo significado la ciencia será capaz de iluminar cada vez más, aunque es difícil que logre descifrarlo del todo. En efecto, en cuanto la razón logra superar un límite considerado insalvable, se encuentra con el desafío de otros límites, hasta entonces desconocidos. El hombre seguirá siendo siempre un enigma profundo e impenetrable. Ya en el siglo IV, san Cirilo de Jerusalén hacía la siguiente reflexión a los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo: "¿Quién es el que ha preparado la cavidad del útero para la procreación de los hijos?, ¿quién ha animado en él al feto inanimado? ¿Quién nos ha provisto de nervios y huesos, rodeándonos luego de piel y de carne (cf. Jb 10, 11) y, en cuanto el niño ha nacido, hace salir del seno leche en abundancia? ¿De qué modo el niño, al crecer, se hace adolescente, se convierte en joven, luego en hombre y, por último en anciano, sin que nadie logre descubrir el día preciso en el que se realiza el cambio?". Y concluía: "estás viendo, oh hombre, al artífice; estás viendo al sabio Creador" (Catequesis bautismal, 9, 15-16). Al inicio del tercer milenio, siguen siendo válidas estas consideraciones, que más que al fenómeno físico o fisiológico se refieren a su significado antropológico y metafísico. Hemos mejorado enormemente nuestros conocimientos e identificado mejor los límites de nuestra ignorancia; pero, al parecer, a la inteligencia humana le resulta demasiado arduo darse cuenta de que, contemplando la creación, encontramos la huella del Creador. En realidad, quien ama la verdad, como vosotros, queridos estudiosos, debería percibir que la investigación sobre temas tan profundos nos permite ver e incluso casi tocar la mano de Dios. Más allá de los límites del método experimental, en el confín del reino que algunos llaman meta-análisis, donde ya no basta o no es posible sólo la percepción sensorial ni la verificación científica, empieza la aventura de la trascendencia, el compromiso de "ir más allá". Queridos investigadores y estudiosos, os deseo que logréis cada vez más no sólo examinar la realidad objeto de vuestros esfuerzos, sino también contemplarla de modo tal que, junto con vuestros descubrimientos, surjan además las preguntas que llevan a descubrir en la belleza de las criaturas el reflejo del Creador. En este contexto, me complace expresar mi aprecio y agradecimiento a la Academia pontificia para la vida por su valioso trabajo de "estudio, formación e información", del que se benefician los dicasterios de la Santa Sede, las Iglesias locales y los estudiosos atentos a todo lo que la Iglesia propone en el campo de la investigación científica y sobre la vida humana en su relación con la ética y el derecho. Por la urgencia y la importancia de estos problemas, considero providencial la institución por parte de mi venerado predecesor Juan Pablo II de este organismo. Por tanto, a todos vosotros, presidencia, personal y miembros de la Academia pontificia para la vida, deseo expresaros con sincera cordialidad mi cercanía y mi apoyo. Con estos sentimientos, encomendando vuestro trabajo a la protección de María, os imparto a todos la bendición apostólica.

viernes, 1 de agosto de 2008

LA FUERZA DEL DERECHO/EL DERECHO DE LA FUERZA

La Declaración fundamental de los derechos del hombre, firmada por casi todos los países del mundo en el año 1948, expresa incluso en el título, la convicción de que los derechos humanos —entre los que el más fundamental es precisamente el derecho a la vida— pertenecen al hombre por naturaleza, que el Estado los reconoce, pero no los confiere, que pertenecen a todos los hombres en cuanto seres humanos y no por características secundarias que otros tendrían derecho a determinar a su libre arbitrio.
Un Estado que se arrogue la prerrogativa de establecer quién es, o no, sujeto de derechos y que, en consecuencia, reconozca a algunos el poder de violar el derecho fundamental a la vida de otros, contradice el ideal democrático al que continuamente se acoge y, a la vez, mina las bases sobre las que descansa. En realidad, al aceptar que se violen los derechos del más débil, acepta que el derecho de la fuerza llegue a prevalecer sobre la fuerza del derecho.



EL EMBRIÓN HUMANA EN LA FASE DE PREIMPLANTACIÓN
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HIPÓCRATES FUERA DE JUEGO
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LA VIDA HUMANA A TRAVÉS DEL CINE
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AMOR Y RESPONSABILIDAD
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EL GENOCIDIO CENSURADO
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¿POR QUE NO SE INFORMA A LAS MUJERES SOBRE LOS RIESGOS DEL ABORTO?http://bibliotecadefamilia.blogspot.com/2008/09/por-qu-no-se-informa-las-mujeres-sobre.html

martes, 29 de julio de 2008

LEER PARA PENSAR

JAIME NUBIOLA

Son muchas las personas que jamás leen un libro. Suelen explicar que no tienen tiempo para leer, que ya les gustaría a ellos poder sentarse una tarde junto a una chimenea para leer un buen libro. Sin embargo, la atención a la familia, las relaciones sociales, las llamadas telefónicas, las prisas de la vida moderna, la televisión, todas esas circunstancias les quitan la paz necesaria para poder leer con tranquilidad. No les falta razón en lo que dicen, aunque hay algunas otras personas que leen precisamente para poder sobrevivir en ese entorno tan agitado: "Leemos para vivir", afirmaba Belén Gopegui. Todos hemos visto en el metro, con envidia quizás, a esas personas para las que el mejor momento de su jornada es el tiempo de lectura cuando van o vienen del trabajo: en sus rostros se advierte que viven en un mundo mejor que quienes se conforman con dormitar o con echar una ojeada distraída al periódico o a la revista.
El novelista americano Jonathan Franzen denunciaba en Tal vez soñar: Razones para escribir novelas en la era de la imagen que "hace un siglo, un hombre culto leía unos cincuenta títulos de ficción al año; hoy en día, como mucho, quizás cinco". Temo que la estimación de Franzen peque de optimista para nuestro país. El arranque del verano es un buen momento para plantearse esta cuestión, echar mano de una vez por todas al montón de libros que hemos ido acumulando en la estantería para cuando tuviéramos tiempo y meterlos con decisión en la maleta de vacaciones.
¿Por qué leer? "Nacemos para saber —escribió Gracián—, y los libros con fidelidad nos hacen personas". Para quien se dedica al mundo de los negocios la literatura es, sin duda alguna, una manera formidable de potenciar la imaginación; es también muchas veces un buen modo de aprender a escribir de la mano de nuestros autores favoritos, sean clásicos o modernos. Pero la mejor respuesta a la pregunta acerca de por qué leer es —me parece— que la lectura nos hace pensar, nos da qué pensar, y eso nos hace mejores personas.
En estos días estoy leyendo el libro Eichmann en Jerusalén, en el que Hannah Arendt describe con singular maestría el proceso de Adolf Eichmann en 1961, tras su secuestro en Argentina por parte del servicio secreto israelí. Lo que más llama mi atención es su penetrante descripción del carácter de Eichmann, responsable principal de la conducción de centenares de miles de judíos a los campos de exterminio. Eichmann resulta ser no sólo un pobre hombre, capaz de enviar a la muerte a su propio padre si así se le hubiera ordenado —según declaró en el interrogatorio policial—, sino una persona del todo incapaz de considerar cualquier cosa desde el punto de vista de su interlocutor. "Eichmann —escribe Arendt— era verdaderamente incapaz de expresar una sola frase que no fuera un cliché". Cuando el guardia que lo tenía a su cargo le dejó una conocida novela para que se distrajera, la devolvió indignado al cabo de dos días, diciendo "Es un libro del todo malsano". Arendt subtituló su libro Un estudio sobre la banalidad del mal, porque a su parecer Eichmann no supo jamás lo que se hacía. "No, Eichmann no era estúpido —explica—. Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo". La filósofa judía concluye que una de las lecciones del proceso de Jerusalén fue que "la irreflexión puede causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizás, a la naturaleza humana".
Es severa la conclusión de Hannah Arendt, pero uno de los remedios más eficaces contra la irreflexión es, por supuesto, la lectura. ¿Qué libros leer? Aquellos que nos apetezcan por la razón que sea. ¿Cómo leer? Con un lápiz en la mano para no perder la ocasión de pensar a partir de lo leído. ¿Cuándo leer? Siempre que podamos. Y en el verano se puede más.

domingo, 27 de julio de 2008

EL PODER EDUCATIVO DE LOS LIBROS

"Señor, que lea", no es exactamente lo que pidió Bartimeo a Jesús pero está en la misma línea. En su grito - ¡Señor, que vea! - aquel ciego de nacimiento no pedía simplemente la visión física, iba mucho más allá, él quería comprender, distinguir verdaderamente para ser libre.



LA RED Y EL HÁBITO DEL BUEN LEER
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EL PODER DEL LENGUAJE
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BIBLIOTECA DE FAMILIA
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DONDE ESTÁ LA LIBERTAD ALLÍ ESTÁN LOS LIBROS
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LEER PARA PENSAR
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EL ARTE DE EDUCAR & EDUCAR CON ARTE

EDUCAR ES UN ARTE...
El arte de educar ha sido explicado metaforicamente utilizando la imagen del labrador que cultiva la tierra : “educar es ayudar a la naturaleza humana para que fructifique la semilla que lleva dentro”, “educar es procurar que las plantas crezcan. Son ellas las que crecen desde sus raíces, no a golpes de tirones del jardinero”.
También se utiliza el verbo labrar con otras connotaciones, interpretando la educación como arte que pule, labra, talla lo que es inauténtico, al modo de un escultor.
Con la mirada del artista, Miguel Ángel veía ya en la piedra que tenía ante sus ojos la imagen-guía que esperaba secretamente ser liberada. La tarea del artista era para él quitar lo que cubría la imagen, sacar a la luz, no un simple hacer.

Educar es el arte que saca a la luz el ser que se es

EL ARTE AYUDA EN LA EDUCACIÓN...
La capacidad transformadora del arte ayuda en la educación, porque mejora la naturaleza humana : “la naturaleza ayudada por el arte, puede más, porque el arte roba, cercena algo a la naturaleza bruta”.
El arte atrapa la verdadera dimensión de las cosas, que no procede de nuestro hacer, querer o inventar, sino que nos es dada como algo inimaginable, que viene a nosotros, algo para admirar.
El arte ilumina para que entendamos, para que lo incomunicable pueda ser comunicado a través de lo material, como un gesto de Dios.


El arte es una herramienta educativa de primer orden



CARTA A LOS ARTISTAS



VERDAD Y BELLEZA



LA AUTÉNTICA BELLEZA SALVARÁ AL MUNDO

UNA INFANCIA SOLEADA

“Cuando encontramos personas que caminan abierta, directa y libremente y que transmiten luz y calor, entonces podemos afirmar con seguridad que tuvieron una infancia soleada y que el sol de esa infancia fue el amor de sus padres”.
EDITH STEIN


PADRES BRILLANTES, MAESTROS FASCINANTES
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CARTA AL DUQUE DE NORFOLK (TRATADO SOBRE LA CONCIENCIA)
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LA URGENCIA DE LA EDUCACIÓN
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EDUCAR LA CONCIENCIA
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QUIEN QUIERA ENSEÑARNOS UNA VERDAD..
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LIBERTAD PARA ELEGIR & ADMINISTRACIÓN EDUCATIVA
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MIRAR OTRA FORMA DE VER

MIRAR es ver con cariño.
MIRAR es la capacidad de admirar lo ya conocido.
MIRAR es acercarse a los detalles, valorar lo pequeño, descubrir los matices.
MIRAR es, en definitiva, una actitud de asombro, respeto, amor ante la realidad de las cosas.
Para poder vivir comprometido, dando la respuesta que corresponde a dicha realidad, lo primero es VER.




MUJERES DEL SIGLO XXI
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LA LIBERTAD DE SER DISTINTAS
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LA IDEOLOGIA POSFEMINISTA DE GÉNERO
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MADRES REBELDES: MANIFIESTO PARA UN NUEVO FEMINISMO
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ESCUCHEN LAS VOCES DE NUESTROS NIÑOS ENTERRADOS
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CARTA AL DUQUE DE NORFOLK (Tratado sobre la conciencia)

"CARTA AL DUQUE DE NORFOLK"
Card. John Henry Newman


Las obras del Cardenal Newman han pasado al fondo perenne del pensamiento cristiano. Es él uno de los autores más citados por el magisterio contemporáneo y la misma naturaleza de sus escritos, algunos de fácil acceso para un espectro amplio de lectores, unido a su atrayente personalidad, han hecho que sea bastante conocido. En este escrito responde, a petición del Duque de Norkfolk, a un libelo escrito por William Ewart Gladstone, donde acusaba a los católicos de tener dividida su autoridad entre la Reina y el Papa y por tanto, no ser súbditos fieles de la Corona. Gladstone era un político muy influyente y conocido en Inglaterra así como fiel practicante de la confesión nacional. El escrito de Newman tuvo por ello una especial resonancia. Sin embargo, la defensa que hace el Cardenal católico de los fieles de Inglaterra, mostrando que no hay oposición entre la fidelidad al Papa y a la Reina, porque ninguno de los dos pide una Obediencia Absoluta, va más allá de un interés circunstancial. El hecho de que la polémica se diera en un contexto de amplia dificultad para los católicos ingleses, marginados por la ley y la sociedad, no impide que Newman, con su perspicacia y brillantez habitual, lleve el tema a los aspectos fundamentales traspasando las cuestiones accidentales e históricas. Por eso esta carta es un excelente tratado sobre la conciencia. El carácter polémico del escrito, con referencias continuas a la historia inglesa y a episodios recientes del catolicismo, como el Concilio Vaticano I, con su definición de la infalibilidad pontificia, o el Syllabus de errores modernos, no quitan nada a la enseñanza fundamental. Muestra Newman que la conciencia no está en contraposición con la autoridad. Precisamente el catolicismo salvaguarda con especial cuidado ese reducto del hombre superando falsos antagonismos. La dignidad del hombre queda a cubierto por el Magisterio y el Papado. Es en este libro donde Newman escribe su frase famosa: “Caso de verme obligado a hablar de religión en un brindis de sobremesa –desde luego no parece cosa muy probable-. Beberé “¡Por el Papa!”, con mucho gusto. Pero primero “¡Por la conciencia!”, después “¡Por el Papa!”. En esta anécdota se sintetiza su enseñanza sobre la conciencia, lejos de toda oposición. Como señalan los autores de la introducción “Newman hacía ver que la autoridad de la Iglesia significaba para la conciencia de la persona lo mismo que la Revelación es para la naturaleza. La autoridad consolida y da plenitud a la conciencia, sin substituirla ni ignorarla. Principio básico de este pensamiento es la no oposición de fondo entre conciencia y autoridad”.

miércoles, 23 de julio de 2008

HIPÓCRATES FUERA DE JUEGO

HANS THOMAS
23 Julio 2008

Una ética médica bien fundamentada es la mejor protección de los profesionales contra la injerencia política y burocrática, así como frente a las volubles demandas sociales y frente a cualquier intromisión extraña a la profesión. Esta es la tesis que desarrolla Hans Thomas, director del Lindenthal Institut de Colonia.

La sacralidad de la vida resulta hoy controvertida entre los especialistas en Ética. No pocos bioéticos y teóricos del Derecho —John Harris, Norbert Hoerster, Georg Meggle, Hubert Markl, Peter Singer, también Dieter Birnbacher, por nombrar sólo algunos— pretenden hacernos creer que la idea de la dignidad, es decir, del valor incondicional y fundamentalmente indisponible adscrito a toda vida humana, se debe a “autoridades extracientíficas”, y que es deudora de unas premisas metafísicas en todo caso dudosas, esto es, susceptibles de prejuicios, y en particular de prejuicios “religiosos”. Corregir esto, dicen, ha de hacer nuestra ética más justa y nuestro obrar más racional.

El valor incondicional de la vida
Anselm Winfried Müller desenmascara la trampa intelectual que hay en el fondo de esa tesis. Quien basado tan sólo en su simple sentido común, y sin preocuparse de convicciones religiosas, quiere fundamentar “racionalmente” la santidad de la vida —o dicho de forma profana, su incondicional indisponibilidad— se siente desafiado a argumentar. Ciertamente ésta puede deducirse a partir de postulados religiosos, pero aun sin ellos la máxima de la indisponibilidad e incondicionalidad de la vida humana conserva una base completamente firme. Y esa base no queda afectada en modo alguno por aquella crítica. Esos autores no ofrecen ninguna argumentación suficiente de que la vida humana tan sólo tenga un valor relativo.
Anselm Winfried Müller sigue la pista de las razones que se aducen hoy para la valoración de la vida humana, y llega a la conclusión de que el valor incondicional de ésta no puede ser racionalmente deducido. Es más bien una premisa. Él piensa que el reconocimiento de ese valor incondicional es precisamente el fundamento de todas las valoraciones de carácter ético y la medida de su rectitud. Una ética que supone a nuestro arbitrio una vida humana inocente elimina la base sobre la que descansa. Sin la prohibición absoluta de dar muerte a un inocente no puede haber una moral coherente. O, como escribe Müller: “Quien deja el rechazo a matar al vaivén del debate saca del suelo las raíces de nuestra orientación moral para examinar si esas raíces se conservan sanas”.
De todos los derechos humanos que han sido declarados desde la Revolución Francesa cabe decir que no pueden ser fundamentados de una manera puramente racional. Fueron proclamados. Eso sucedió sin apelar a procedencias metafísicas o convicciones religiosas (frecuentemente incluso con la intención opuesta). Tan sólo la experiencia humana e histórica, así como su infracción, llevó a formular y proclamar los derechos humanos. No hay ninguna lógica necesaria que llevara a reconocerlos. En todo caso, eso no sería razón —piensa Müller— para volver a cuestionarse el comercio de esclavos bajo determinadas circunstancias, o para excluir la prohibición absoluta de la tortura, o quizá para aprobar el sexo con niños en determinados casos.
Peter Singer, uno de los críticos del principio de la “sacralidad” de la vida humana, niega que pueda atribuirse una especial dignidad al ser humano, con lo cual liquida también cualquier derecho humano. De acuerdo con su concepción, atribuir esa dignidad al ser humano constituiría un injusto privilegio a costa de discriminar a los animales. Lo denomina –en analogía al racismo– “especieísmo”.

Conciencia médica y consenso social
Por lo demás, también la afirmación de que la vida humana tiene sólo un valor relativo posee una base metafísica. Cada postura ética resulta, consciente o inconscientemente, de una determinada concepción del mundo y del hombre, de manera que el supuesto discurso ético libre de todo presupuesto religioso o metafísico se funda a su vez sobre un axioma metafísico e ideológico, concretamente el que se enunciaría diciendo que más allá de la facticidad y de la racionalidad empírica no cabe considerar realidad alguna. Esto es un puro artículo de fe cientificista.
Según el credo liberal, la ética no es capaz de verdad. Quien habla de conciencia autónoma, únicamente elige otra forma de expresión para decir que la moral no tiene nada que ver con la verdad. De ahí que la moral sea una cuestión privada. Es evidente que una pura moral privada no le atañe al Estado. En ningún caso le vincula. Cualquier concepción axiológica privada tendría de cara al Estado el mismo derecho.
Ahora bien, lo que ha de ser tenido por todos como permitido o prohibido, verdadero o falso, justo o injusto, eso sí debe decretarlo el legislador. El mensaje de que la moral es una cuestión privada conduce a una creciente regulación estatal de todos los aspectos de la vida. Por el contrario, si la moral se fundamenta en la verdad, esto hace que sea la misma para cada individuo y para el Estado. De este modo, la norma de conciencia y el criterio de lo justo son coherentes.
Sin embargo, hoy es tabú hablar de una norma de conciencia universalmente válida. Esta ha de subordinarse a la autonomía de la conciencia. De ahí que Hipócrates haya quedado fuera de juego.
Hipócrates era médico, no bioético. Él no sometió a los médicos de la escuela de Cos a los condicionamientos de un consenso social, ni de comisiones o consejos. Más bien intentaba vincularles a una norma incondicional de conciencia: “No administraré a nadie un tóxico letal activo, ni aunque me lo pida; tampoco daré a ninguna mujer un medio abortivo”.
Hoy muchos médicos están sometidos al llamado consenso social, que les incapacita como sujetos morales y les condena a ser auxiliares de intereses ajenos. En definitiva, les relega a ser meros prestadores de servicios biotécnicos en el mercado. De esta forma, los médicos comienzan a advertir que con su pecado original en la cuestión del aborto, ellos mismos se han enredado en el feo negocio actual de los abortos tardíos.

Cara a cara entre médico y paciente
La Medicina, como disciplina, entraña por sí misma una autocomprensión moral que se articula a través de la ética profesional. Y ésta se determina en el encuentro entre alguien que necesita ayuda y quien puede prestársela. La situación básica de la práctica médica es el cara a cara entre médico y paciente. Por eso la ética médica obliga en primer término al médico respecto a la persona concreta que se confía a su custodia.
Sólo en un segundo momento, y en la medida en que la primera obligación no se contravenga, el médico tiene obligaciones frente a terceros o frente a la sociedad, ya se trate de los colegas, el Estado, las corporaciones institucionales y de asistencia del sistema público de salud, o el anónimo mercado. La alteración de las prioridades corrompe la ética médica. El discurso nacionalsocialista sobre la “salud del pueblo” fue el canto de sirena que sedujo a una parte considerable de la clase médica alemana de aquella época, y la ganó para causas colectivas completamente ajenas a la Medicina.
Hace años, hablando de la entrega y de la virtud médica que “exige de sí mismo más que la moral dominante”, Edmund Pellegrino animaba a continuar la senda de tantos médicos que han prestado servicios ejemplares al espíritu humano: “Aunque una sociedad pueda ir al precipicio, los hombres virtuosos serán siempre el norte que señala la vuelta a la sensibilidad moral; los médicos virtuosos son la guía que muestra el camino de regreso a la credibilidad moral para toda la profesión médica”.

martes, 15 de julio de 2008

MUJERES DEL SIGLO XXI

REMEDIOS FALAGUERA

“La violencia es el miedo a los ideales de los demás”. Mahatma Gandhi
Las últimas amenazas y actos intimidatorios que se han desatado contra ciertos sectores religiosos, políticos y sociales que defienden la vida, la familia, la responsabilidad de los padres en la educación de sus hijos o, simplemente, la libertad de expresar la voz de su conciencia están llegando a un punto en el que ser “políticamente incorrecto” resulta peligroso. Pero que nadie se confunda. No es que resulte peligroso para aquellos que por molestar con la verdad se juegan la vida en ello. No. Los que corren peligro son precisamente los abanderados del “todo vale” que ven cómo sus amenazas, al contrario de lo que pretendían, fortalecen a su “enemigo” que, con palabras basadas en la verdad y el bien, les pone a temblar más que un sobre con una bala y una foto con la esvástica dibujada en su rostro. Lo veíamos venir desde hace tiempo, aunque debo reconocer que muchos de nosotros no esperábamos que nos “demonizaran” lanzándonos a los cazadores de brujas y nos amenazaran con la hoguera en caso de negarnos a rectificar en la plaza publica su “dignidad ofendida”. ¿De qué tienen miedo? ¿Es que acaso piensan que las humillaciones y las amenazas son el mejor camino para silenciar nuestra voz, impidiendo nuestra libertad de pensamiento, ante la sinrazón y la manipulación propagandística de la que somos objeto? ¿No será que el obsceno descaro con el que se defienden oculta un miedo atroz a conocer la verdad? ¿Por qué nos llaman homófobos por pensar distinto?En este sentido, a nadie le extraña la polémica que han levantado las declaraciones del ministro de educación polaco, Roman Giertych, en las que se proponía “castigar a cualquiera que promueva la homosexualidad o cualquier otra desviación de naturaleza sexual en los centros educativos” puesto que se debe “ proteger el derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo al sistema de valores que escojan". Y, como estaba previsto, la respuesta del Parlamento Europeo no se ha hecho esperar. Pregoneros de una Europa a la que muchos de sus miembros consideran "una comunidad de valores, donde el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales, la democracia y el Estado de Derecho, la igualdad y la no discriminación son algunos de sus valores más apreciados" , acaban de aprobar una resolución en la que se condenan los "comentarios discriminatorios formulados por líderes políticos y religiosos en relación con los homosexuales, dado que incitan al odio y a la violencia incluso si después se retiran" y proponen el 17 de Mayo como “Día Internacional contra la homofobia” en favor de los derechos del poderoso lobby del que forman parte gays, lesbianas, bisexuales y transexuales.Seguramente, muchos de ustedes recuerdan la famosa cita de Goebbels, el encargado de mover los hilos de la barbarie nazi y, por tanto, uno de los impulsores de los crueles experimentos con los prisioneros homosexuales de los campos de concentración para buscar el origen de su mal y su posterior curación, en la que nos aseguraba que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad".Lo que me extraña y me llena de confusión es que el lobby gay, conociendo los asesinatos de miles y miles de homosexuales de la famosa “lista rosa” de la Alemania nazi, en vez de rechazar todo lo que de estos repugnantes ideólogos se pudiera desprender, siga a pies juntillas los principios goebbelsianos para dar un vuelco a nuestras mentes, nuestros sentimientos y nuestra voluntad, en pro de la sensibilización y aceptación del mundo homosexual. Curioso, ¿no les parece?Somos muchos los que pensamos que los miembros del lobby gay son muy agudos en su estrategia de persuasión y propaganda. Es más, es una realidad incuestionable que este colectivo ha buscado, y parece que lo está logrando, la aceptación de un conjunto de reivindicaciones justas unas, y otras no, a sabiendas de que nos coloca en la disyuntiva entre el respeto, la compasión y la delicadeza de trato que como hijos de Dios se merecen y la animadversión que provoca, especialmente a los locos que se atreven a discrepar de su discurso, su comportamiento amenazante.
Para ello, no se cortan en bombardear a la opinión publica en una exaltación de la homosexualidad, a menudo exarcebada y vulgar, presentándonosla como amable y atractiva, Ya lo decía Goebbels: "Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar."Y, si para conseguir que su tendencia sexual y su comportamiento sea considerado como una forma de vida normal, buscando siempre el victimismo de los homosexuales, tienen que silenciarnos, no deberíamos extrañarnos. Es parte de su estrategia de engaño y confusión, basada en mentiras, injurias, amenazas, humillaciones y burlas grotescas, exagerando cualquier hecho insignificante hasta convertirlo en una amenaza contra la discriminación, los derechos humanos y la igualdad. Por lo tanto, que nos etiqueten como racistas, intolerantes, desequilibrados, acomplejados e, incluso, talibanes, con la intención de que nuestra sola presencia resulte desagradable e incómoda para la mayoría, es algo a lo que nos vamos a tener que acostumbrar. Eso sí, sin miedo y con el descaro del que no tiene pelos en la lengua para defenderse. Necesitamos locos, muchos locos, que se comprometan y se jueguen la vida por defender la verdad o simplemente para conseguir el éxito de poner un poco de sensatez en nuestra sociedad y “desemborregarnos”, como nos muestra este conocido trabalenguas:El cielo (nuestra sociedad) está emborregado, ¿quién lo desemborregará? El desemborregador que lo desemborregue, buen desemborregador será.

lunes, 14 de julio de 2008

LA VIDA HUMANA A TRAVÉS DEL CINE

Mª CONSUELO Y GLORIA TOMÁS Y GARRIDO

El buen cine, como las tragedias de la Antigüedad o las canciones de los trovadores de la Edad Media, es el arte de contar historias de gente posible. Más allá de su dimensión de entretenimiento, es un espejo donde la gente se busca y quiere mirarse, y a través del cual ve también el mundo que le rodea.
Las autoras de este libro, expertas en Antropología y Bioética, se sirven de películas actuales para profundizar en temas como el valor de la vida humana, la libertad, los afectos, las relaciones interpersonales, la ecología o la violencia.
Así, nos ayudan a ver el cine desde el lado del espectador, para buscar en las buenas proyecciones modelos, ideales y actitudes que hagan posible amar de veras la vida humana.

lunes, 7 de julio de 2008

AMOR Y RESPONSABILIDAD

Publicado por primera vez en 1960, cuando Karol Wojtyla era obispo de Cracovia (Polonia), constituye un compendio de inestimable valor acerca de temas tan trascendentales como el individuo y la sexualidad, los diversos aspectos del amor y la amistad, la castidad y el pecado, el matrimoio, la procreación y la responsabilidad de ser padres, la vocación, el control de la natalidad y el divorcio. A lo largo de sus páginas el Papa desgrana con sólidos fundamentos teóricos y doctrinales, no exentos de la pasión y entrega que le distinguen, su pensamiento más profundo sobre los criterios y principios que deben regir las relaciones humanas esenciales.

domingo, 6 de julio de 2008

LA URGENCIA DE LA EDUCACIÓN

Carta de Benedicto XVI

He querido dirigirme a vosotros con esta carta para hablaros de un problema que vosotros mismos experimentáis y en el que están comprometidos los diversos componentes de nuestra Iglesia: el problema de la educación. Todos nos preocupamos por el bien de las personas que amamos, en particular por nuestros niños, adolescentes y jóvenes. En efecto, sabemos que de ellos depende el futuro de nuestra ciudad. Por tanto, no podemos menos de interesarnos por la formación de las nuevas generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, y por su salud, no sólo física sino también moral. Ahora bien, educar jamás ha sido fácil, y hoy parece cada vez más difícil. Lo saben bien los padres de familia, los profesores, los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Por eso, se habla de una gran "emergencia educativa", confirmada por los fracasos en los que muy a menudo terminan nuestros esfuerzos por formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás y de dar un sentido a su vida. Así, resulta espontáneo culpar a las nuevas generaciones, como si los niños que nacen hoy fueran diferentes de los que nacían en el pasado. Además, se habla de una "ruptura entre las generaciones", que ciertamente existe y pesa, pero es más bien el efecto y no la causa de la falta de transmisión de certezas y valores. Por consiguiente, ¿debemos echar la culpa a los adultos de hoy, que ya no serían capaces de educar? Ciertamente, tanto entre los padres como entre los profesores, y en general entre los educadores, es fuerte la tentación de renunciar; más aún, existe incluso el riesgo de no comprender ni siquiera cuál es su papel, o mejor, la misión que se les ha confiado. En realidad, no sólo están en juego las responsabilidades personales de los adultos o de los jóvenes, que ciertamente existen y no deben ocultarse, sino también un clima generalizado, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien; en definitiva, de la bondad de la vida. Entonces, se hace difícil transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida. Queridos hermanos y hermanas de Roma, ante esta situación quisiera deciros unas palabras muy sencillas: ¡No tengáis miedo! En efecto, todas estas dificultades no son insuperables. Más bien, por decirlo así, son la otra cara de la medalla del don grande y valioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, donde los progresos actuales pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no existe esa misma posibilidad de acumulación, porque la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación debe tomar de nuevo, personalmente, sus decisiones. Ni siquiera los valores más grandes del pasado pueden heredarse simplemente; tienen que ser asumidos y renovados a través de una opción personal, a menudo costosa. Pero cuando vacilan los cimientos y fallan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores vuelve a sentirse de modo urgente; así, en concreto, hoy aumenta la exigencia de una educación que sea verdaderamente tal. La solicitan los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la solicitan tantos profesores, que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; la solicita la sociedad en su conjunto, que ve cómo se ponen en duda las bases mismas de la convivencia; la solicitan en lo más íntimo los mismos muchachos y jóvenes, que no quieren verse abandonados ante los desafíos de la vida. Además, quien cree en Jesucristo posee un motivo ulterior y más fuerte para no tener miedo, pues sabe que Dios no nos abandona, que su amor nos alcanza donde estamos y como somos, con nuestras miserias y debilidades, para ofrecernos una nueva posibilidad de bien. Queridos hermanos y hermanas, para hacer aún más concretas mis reflexiones, puede ser útil identificar algunas exigencias comunes de una educación auténtica. Ante todo, necesita la cercanía y la confianza que nacen del amor: pienso en la primera y fundamental experiencia de amor que hacen los niños —o que, por lo menos, deberían hacer— con sus padres. Pero todo verdadero educador sabe que para educar debe dar algo de sí mismo y que solamente así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico. Además, en un niño pequeño ya existe un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería muy pobre la educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta acerca de la verdad, sobre todo acerca de la verdad que puede guiar la vida. También el sufrimiento forma parte de la verdad de nuestra vida. Por eso, al tratar de proteger a los más jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de formar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas, pues la capacidad de amar corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos. Así, queridos amigos de Roma, llegamos al punto quizá más delicado de la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. Pero la relación educativa es ante todo encuentro de dos libertades, y la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad. A medida que el niño crece, se convierte en adolescente y después en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas. En cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlo en sus errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que los compartimos como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano. Así pues, la educación no puede prescindir del prestigio, que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Es fruto de experiencia y competencia, pero se adquiere sobre todo con la coherencia de la propia vida y con la implicación personal, expresión del amor verdadero. Por consiguiente, el educador es un testigo de la verdad y del bien; ciertamente, también él es frágil y puede tener fallos, pero siempre tratará de ponerse de nuevo en sintonía con su misión. Queridos fieles de Roma, estas sencillas consideraciones muestran cómo, en la educación, es decisivo el sentido de responsabilidad: responsabilidad del educador, desde luego, pero también, y en la medida en que crece en edad, responsabilidad del hijo, del alumno, del joven que entra en el mundo del trabajo. Es responsable quien sabe responder a sí mismo y a los demás. Además, quien cree trata de responder ante todo a Dios, que lo ha amado primero. La responsabilidad es, en primer lugar, personal; pero hay también una responsabilidad que compartimos juntos, como ciudadanos de una misma ciudad y de una misma nación, como miembros de la familia humana y, si somos creyentes, como hijos de un único Dios y miembros de la Iglesia. De hecho, las ideas, los estilos de vida, las leyes, las orientaciones globales de la sociedad en que vivimos, y la imagen que da de sí misma a través de los medios de comunicación, ejercen gran influencia en la formación de las nuevas generaciones para el bien, pero a menudo también para el mal. Ahora bien, la sociedad no es algo abstracto; al final, somos nosotros mismos, todos juntos, con las orientaciones, las reglas y los representantes que elegimos, aunque los papeles y las responsabilidades de cada uno sean diversos. Por tanto, se necesita la contribución de cada uno de nosotros, de cada persona, familia o grupo social, para que la sociedad, comenzando por nuestra ciudad de Roma, llegue a crear un ambiente más favorable a la educación. Por último, quisiera proponeros un pensamiento que desarrollé en mi reciente carta encíclica Spe salvi, sobre la esperanza cristiana: sólo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación, como de toda la vida. Hoy nuestra esperanza se ve asechada desde muchas partes, y también nosotros, como los antiguos paganos, corremos el riesgo de convertirnos en hombres "sin esperanza y sin Dios en este mundo", como escribió el apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 2, 12). Precisamente de aquí nace la dificultad tal vez más profunda para una verdadera obra educativa, pues en la raíz de la crisis de la educación hay una crisis de confianza en la vida. Por consiguiente, no puedo terminar esta carta sin una cordial invitación a poner nuestra esperanza en Dios. Sólo él es la esperanza que supera todas las decepciones; sólo su amor no puede ser destruido por la muerte; sólo su justicia y su misericordia pueden sanar las injusticias y recompensar los sufrimientos soportados. La esperanza que se dirige a Dios no es jamás una esperanza sólo para mí; al mismo tiempo, es siempre una esperanza para los demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios en el bien, nos estimula a educarnos recíprocamente en la verdad y en el amor. Os saludo con afecto y os aseguro un recuerdo especial en la oración, a la vez que envío a todos mi bendición. Vaticano, 21 de enero de 2008

sábado, 5 de julio de 2008

EL GENOCIDIO CENSURADO

(Antonio Socci) Ed. Cristiandad.
Por Juan Manuel de Prada, ABC (28-Enero-2008)

El aborto es una vuelta al corazón de las tinieblas, es una negación de la conquista humana más esencial e irrenunciable.
Citábamos el otro día de pasada un libro que nos gustaría recomendar encarecidamente. Se titula El genocidio censurado, y lo acaba de publicar Ediciones Cristiandad; su autor, Antonio Socci, es un polemista brioso, capaz de resucitar en el lector ese fondo de humanidad sepultada sobre el que se ha erigido el crimen más multitudinario y silenciado de nuestro tiempo. Nos estamos refiriendo, claro está, al aborto, de tan triste actualidad en nuestro país, convertido -como escribió en alguna ocasión Ruiz Quintano con su característico sarcasmo- en «reserva abortista de Occidente». El mayor genocidio del siglo XX -nos recuerda Socci- no ha sido perpetrado en ninguna guerra, tampoco en los gulags ni en los campos de exterminio que florecieron al socaire de los regímenes totalitarios; el mayor genocidio del siglo XX -y de los que llevamos de siglo XXI- se ha perpetrado en las aseadas democracias occidentales, ante la mirada impávida o indiferente de sociedades que presumen de compasivas y defensoras a ultranza de los derechos humanos. Mil millones de víctimas inocentes es la cifra que propone Socci como saldo de ese genocidio; y probablemente se haya quedado corto. Pero lo más escalofriante de este crimen innumerable no es la cantidad, sino el silencio aquiescente o cómplice con que las sociedades denominadas democráticas lo aceptan. Porque el aborto, esa barbarie industrial por la que algún día seremos juzgados, es también el último tabú del que nadie se atreve a hablar. Resulta inquietante y perturbador que una época como la nuestra, que se jacta de exponerlo todo a la luz, que no tiene empacho en penetrar en las más recónditas intimidades, que no hace ascos a la exhibición gratuita de violencias, que con obscenidad casi pornográfica nos bombardea visualmente con los más variopintos horrores, sin embargo haya decidido encubrir este genocidio, prohibiéndonos mirar a los ojos a esos pequeños que son expeditivamente tachados del libro de la vida.

En algún pasaje de su ensayo, Socci recoge las palabras de Norberto Bobbio, el gran jurista y filósofo turinés, a quien nadie podrá acusar de complacencia con las tesis católicas, sobre el aborto: «Hay tres derechos. El primero, el del concebido, es fundamental. Los demás, el de la mujer y el de la sociedad, son derivados. Además, y para mí esto es el punto central, el derecho de la mujer y el de la
sociedad, que son de ordinario adoptados para justificar el aborto, pueden ser satisfechos sin recurrir al aborto, es decir, evitando la concepción. Una vez ocurrida la concepción, el derecho del concebido solamente puede ser satisfecho dejándolo nacer. (...) Me sorprende que los laicos dejen a los creyentes el privilegio y el honor de afirmar que no se debe matar». Y Pier Paolo Pasolini escribió: «Soy contrario a la legalización del aborto porque la considero una legalización del homicidio. Que la vida humana sea sagrada es obvio: es un principio más fuerte que cualquier principio de la democracia». Glosando a Pasolini, podríamos preguntarnos si una sociedad que no considera sagrada la vida humana puede calificarse de democrática.

¿Se puede seguir esgrimiendo seriamente que una vida gestante es un «amasijo de células», como le dijeron en el abortorio a la joven María de la Cuesta, cuyo testimonio recogía ayer ABC en un hermosísimo reportaje de Domingo Pérez? ¿Se puede decir sin rebozo que esa vida gestante vale lo mismo que un pelo o un diente o una uña? ¿Es una mera cosa de la que podemos disponer a nuestro antojo o es uno de nosotros? Esta es la pregunta que nuestra época no se atreve a responder, porque ha dejado de ser humana. Hubo un tiempo, allá en el corazón de las tinieblas, en que los niños eran entregados a Moloch en sacrificio; pero, de repente, ocurrió algo, un cambio absolutamente revolucionario que Socci resume así: «Por primera vez en la historia se difundió el sentimiento y la certeza de que todo ser humano es sagrado e intocable, que ningún poder puede disponer de su vida o de su dignidad. Este es el fundamento ético de la libertad y de la democracia tal como la conocemos». Y el aborto es una vuelta al corazón de las tinieblas, es una negación de la conquista humana más esencial e irrenunciable. No dejen de leer este vibrante ensayo de Antonio Socci.

viernes, 4 de julio de 2008

LA LIBERTAD DE SER DISTINTAS

RAFAEL SERRANO

Aunque ha avanzado mucho la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, sigue habiendo entre los dos sexos significativas diferencias en las carreras profesionales y en la escuela. Según el feminismo convencional, donde las mujeres aún no han alcanzado la paridad con los hombres, hay discriminación. Pero otros autores sostienen que muchas de esas divergencias se deben a las opciones de las mujeres mismas. Por tanto, dicen, la igualación sin más es pretender encajarlas en una horma masculina.

jueves, 3 de julio de 2008

EDUCAR LA CONCIENCIA

Notas de Conferencias de D. Francisco Fernández Carvajal

¿Qué es la conciencia?

- Recomienda la Encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II, y los puntos 1766 a 1802 del Catecismo de la Iglesia Católica.
- La educación de la conciencia es una tarea para toda la vida. La vida para un cristiano es un camino hacia Dios. Un camino más bien corto. Un cristiano sensato lo que quiere es llegar a Dios, llegar al final.
- A veces se pierde el camino –la sociedad que nos rodea, los malos ejemplos, pueden oscurecer la luz- entonces la conciencia es la “brújula”, que nos guía por la vida.
- La conciencia marca el juicio del entendemiento sobre la bondad o malicia de las acciones. Por una parte interviene la inteligencia, que es la que emite el juicio y por otra la voluntad, que se adhiere o rechaza el juicio.
- Cuando sistematicamente se rechaza el juicio moral la conciencia se oscurece, queda adormecida, pero nunca del todo ciega, pues hasta el peor de los hombres percibe lo que está bién y lo que no.
- La conciencia no queda nunca del todo muda, siempre obliga, porque es la voz de Dios en el corazón. Decía San Buenaventura que la conciencia es “el pregonero de Dios”. Lo que nos dice la conciencia es un mandato de Dios.
- Dios no sólo habla al corazón de cada persona, también habla por el Magisterio de la Iglesia, pues de lo contrario, con cierta facilidad, caeríamos en el subjetivismo. A veces también es necesario pedir luz, el consejo de personas autorizadas que nos hagan ver más claro el camino.
- A veces el camino a seguir no es el más brillante desde el punto de vista humano, puede incluso ser duro, dificil de recorrer, sobre todo sin el sentido que da la “filiación divina”. Somos hijos de Dios, y Él nos ayuda, porque el que sabe bien cómo es el hombre y qué nos conviene es Él.
- El camino bueno es el camino feliz. Chesterton dijo que se había convertido al cristianismo porque quería ser feliz.
- La conciencia es lo más delicado del hombre, el “sagrario íntimo” donde se encuentra con Dios. Por ello la formación de la conciencia es crucial en la educación de los hijos.

Presupuestos de la formación de la conciencia

1. La Rectitud de intención, querer ir a Dios y organizar la vida con arreglo a ésto. Sin este concepto primario no hay formación de la conciencia.

Dios es el fin último, y todo lo demás son instrumentos para alcanzar este fin. Por eso hay que rectificar constantemente (hacer recto lo que estaba torcido). Para llegar a Dios hay que cumplir su voluntad. La santidad es la alegría de cumplir la voluntad de Dios en todo momento, incluso en las dificultades, en las que no nos faltará la Gracia de Dios.
2. La humildad, que es aceptar que a veces hacemos las cosas mal, y “no pasa nada”. La humildad de llamar a cada cosa por su nombre. La humildad de ser sinceros para dejarse ayudar. La humildad de saber retroceder y rectificar. La humildad de buscar la verdad, ser “exploradores de la verdad”. Para Sócrates conocer la verdad era ser bueno.
3. Formar muy bien la inteligencia. La lectura es un medio muy importante de formación, pues la conciencia debe estar alumbrada por principios básicos para poder formar un juicio. Hay que fomentar la lectura, que forma la inteligencia. Hay que sacar tiempo para “saborear” la lectura, que lleva a pensar evitando el empobrecimiento interior, forjando criterios claros. El error y la ignorancia son los grandes enemigos de Dios porque deforman su Imagen.

Educar la conciencia de los hijos
La vida cristiana es un camino hacia Dios y la conciencia es la brújula que señala el rumbo. La educación de la conciencia se realiza en la familia.
El cañamazo donde se apoya la educación de la conciencia es la filiación divina. Que los niños sepan que Dios es un Padre Bueno, es compatible con el “temor de Dios”, que es un temor de respeto, no de miedo. No identificar a Dios con la imagen del “ojo crítico”.
No se puede educar la conciencia en el miedo, sino en la “filiación divina”. Las acciones buenas son alegrías que se le dan a Dios, que es un Padre Bueno.
Diferenciar el pecado de las cosas mal hechas. Lo que está mal ( ser desordenado, ser pesado, no rezar,...) no siempre coincide con el pecado.
El pecado no es algo externo, algo que dependa de las estructuras sociales, de los demás, de la educación, es algo personal, interno.

Hablarles a los niños del pecado no los “trauma”, es precisamente lo contrario, es el pecado mal digerido, “el pecado sin perdón” el que atasca la psicología.
El pecado que primero se manifiesta en los niños es el egoísmo (la soberbia es lo que tiene las raíces más profundas en el alma humana). Enseñar a compartir y a darse, y de ninguna manera sobrealimentar el egoísmo de los niños. El egoísmo es la fuente de muchos pecados: faltas contra la caridad, rabietas, ataques, lloros cuando algo sale mal.
Los mandamientos, los preceptos no son algo negativo, algo que coharte la libertad. Los mandamientos son el “manual de instrucciones” del “Fabricante”: las recomendaciones que Dios da para el buen funcionamiento de su “invento” que somos nosotros. Los mandamientos no son “un capricho de Dios”. Dios es el que sabe cómo funciona el hombre, el que mejor le conoce, porque lo ha creado. Las restricciones no recortan la libertad necesariamente, sino que muchas veces la preservan (por ejemplo, la limitación de velocidad en carretera nos permite llegar sin contratiempos al destino)
Las razones que se dan a los niños han de ser siempre positivas. ¿Por qué ir a Misa? Porque el Señor nos espera allí. ¿Por qué rezar? Para tratar de amistad con el Señor.
Educación de la pureza. Enseñar el sentido de la sexualidad corresponde a los padres, y no se trata sólo de dar información técnica. La sexualidad es algo bueno que Dios ha puesto en el hombre, y por tanto es algo “sagrado”. El pecado contra la pureza consiste en convertir algo sagrado en un instrumento de placer, frivolizar con algo profundo, que no es un juego, que hay que mirarlo con respeto. La sexualidad así trivializada no une, porque la sexualidad sólo une cuando está en su lugar.
A las niñas hay que prevenirlas contra los “chantajes” de los chicos: “si no me dejas, te dejo”. La pureza es respeto a la otra persona, si no te respeta no te quiere como persona. Las niñas no comprenden a veces que en la mentalidad de los chicos ellos aprecian más a las niñas que mantienen los límites.
Enseñar a las niñas la diferencia entre ir atractivas e ir provocativas. En el fondo ellas lo saben porque aprecian cómo las miran. Con tal de llamar la atención no vale todo. No ser mirada a cualquier precio. Es muy importante que se las vea algo detrás de la fachada, cultivar los valores humanos. Enseñarlas desde pequeñas el sentido del pudor, el recato, la modestia.
La vida espiritual. La vida en general y la vida interior en particular está hecha de derrotas y de victorias, y “no pasa nada”. No hay que desfondarse pues nadie de una atacada llega al Cielo. Hay que preparar para el dolor, el sacrificio. La vida no es de color de rosa, puede ser feliz, pero no rosa.
Ejemplaridad. Los hijos no quieren padres perfectos, pero si padres que luchan. No puede haber una doble moral, reconocer los fallos y demostrar la buena voluntad de mejorar.

El relativismo moral en la sociedad actual
Relativismo moral quiere decir que no hay absolutos morales, hay opiniones. Esto socaba las bases de la sociedad.
A- LA VIDA MORAL ES UN SEGUIMIENTO DE CRISTO
En la Veritatis Splendor, Juan Pablo II plantea la vida moral no como un reglamento o una casuística, sino como un seguimiento de Cristo.

* Seguir a Cristo es el fundamento esencial de la moral cristiana. No se trata de escuchar una enseñanza o cumplir los mandamientos, sino de algo más radical, adherirse a la Persona de Jesús a través de acciones morales.
Los actos humanos buenos, no sólo son buenos para la persona que los recibe, sino que son además buenos para la persona que los realiza, porque la transforma en alguien mejor, e incluso la hacen sentirse bien consigo misma (ceder el paso, indicar una dirección a alguien que está perdido...)
Los actos buenos nos hacen mejores porque nos identifican con Cristo. Y al revés, al hacer algo malo cambiamos para mal.
Un cristiano no es más que un reflejo de Cristo (sonreir, hacer la vida amable,...). S. Agustín decía que los cristianos no somos la luz, sino que reflejamos la luz. En la Lumen Gentium del Concilio Vaticano II se dice que Dios se transparenta en el mundo a través de los cristianos.

* Juan Pablo II tiene en cuenta en sus escritos todo lo que el conocimiento y la ciencia recoge sobre cómo es el hombre (la herencia genética, la educación, la sociedad que le rodea, la edad,...) . Son circunstancias que hacen muy personal todo lo que hacemos. Cada acto moral es un acto personal (Personalismo)
Pero frente a estas circunstancias personales, que pueden ser cambiantes hay cosas que no cambian : absolutos morales. Entregar la vida por otra persona es un acto bueno en sí mismo. Las acciones terroristas son actos malos en sí mismo. Y son actos buenos y malos en sí mismos porque están de acuerdo o no con lo humano, con la moral natural.

* La acción buena es independiente de la utilidad. La bondad no se puede confundir con la utilidad.

Dentro del Relativismo Moral se encuentra una corriente denominada Consecuencialismo, que opina que para ver la bondad moral de un acto hay que ver las consecuencias del mismo. No se pueden justificar conductas como por ejemplo el divorcio y sucesivos matrimonios, aunque éstos pudieran hacer que la convivencia mejorara para una persona. Así mismo hay actos intrínsecamente malos, aunque no se derive de ellos ningún mal importante, como por ejemplo robar una cosa pequeña en unos grandes almacenes.
La bondad de un acto no depende de sus consecuencias, sino de la verdad, a pesar de que la verdad puede ser muy dura y dificil de vivir.
La bondad de un acto viene determinada por el objeto moral de ese acto, es decir por la verdad que subyace detrás del acto. La moral está ligada a la verdad, no a la utilidad o a la conveniencia. Así en el caso del matrimonio civil el objeto moral es la convivencia ilícita, las circunstancias que lo rodeen, la conveniencia pueden ser importantes pero no lo hacen bueno si el objeto moral no lo es.
La Iglesia puede parecer dura en ocasiones, pero no puede renunciar a la verdad. Se ha de ser intransigente con el mal, pero comprensivo con la persona. La persona es intocable, pero el error es error.
También entendemos que hay verdades relativas (un relativismo bueno), como por ejemplo, la ropa que se lleva hoy en día y la de principios de siglo. Hay que distinguir estas verdades relativas, de verdades que son absolutos morales, conocidos por la razón o iluminados por el Magisterio de la Iglesia.

B- LA OPINIÓN Y LA MORAL
El “opinar” socava los fundamentos de la moral, porque las opiniones están hechas a nuestra medida (pereza, vanidad, utilidad,...). La opinión es muchas veces lo que a mí, por mis circunstancias, en este momento me conviene más.
La moral de situación son distintos sistemas morales que tratan de justificar lo que nos conviene. Hoy se da una amoralidad reconocida de la sociedad. Auténticos valores morales valederos en sí y por sí mismos, son rebatidos por las encuestas, el consenso, los medios de comunicación. El consenso es útil para moverse en sociedad, pero no crea la verdad. Hoy se dice que la moral no se puede mezclar con los negocios, con la política, con el matrimonio,...
Actualmente se intenta manipular la opinión frente a los principios morales tradicionales (incitar a la homosexualidad, a la pérdida de la virginidad,...). Esto puede afectar mucho a las conciencias, sobre todo en adolescentes y personas más sensibles a influjos externos. Se presenta a la Iglesia como un factor retardatorio de la modernidad, defensora de una moral pasada de moda. Los mandamientos se ven como algo represivo, como un conjunto de prohibiciones que cohartan la libertad del hombre.
Frente a esto hay que presentar la moral como un bien para la sociedad, un factor de convivencia imprescindible. No cabría pensar en una sociedad donde lo que imperase fuera la mentira, el asesinato, el robo, la infidelidad,...
Nadie pone en duda que el hombre ha progresado mucho, pero no por ello somos más felices. Hay que reconocer valores en alza en esta sociedad, como la solidaridad, pero sin olvidar factores muy preocupantes, el ataque sistemático a la familia, los ejemplos nefastos de cambio de pareja, desligar la sexualidad de la procreación,...El progreso económico no tiene por qué ser progreso humano, fenómenos como la publicidad, la moda despersonalizan, los medios de comunicación manipulan,...
Hay que salir de la anestesia general. Habrá que hablar sin complejos y gozarse en la belleza del bien. Apoyarse en verdades de fondo, el hombre como imagen de Dios, Filiación divina, la vida como camino hacia Dios. La lectura es un tema muy importante. Ser capaces de defender lo que creemos.