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miércoles, 8 de octubre de 2008

LIBERTAD PARA ELEGIR & ADMINISTRACIÓN EDUCATIVA

Aceprensa 3 Octubre 2008


Un juzgado de Barcelona ha fallado a favor de unos padres que demandaron a la Generalitat de Cataluña por impedirles ejercer el derecho a escoger el tipo de educación que deseaban para su hija. Ellos querían llevarla al colegio concertado Llissach, de Santpedor (Barcelona), con cuyo ideario se identifican. Pero la administración educativa, alegando razones “materiales y presupuestarias”, inscribió a la niña en un centro público de reciente creación, donde estuvo todo el curso pasado. La sentencia afirma que prevalece la elección de los padres, y ordena escolarizar a la pequeña en la escuela que desean.
La administración educativa replicó que es legítimo denegar la elección de escuela por necesidades de la planificación escolar. En este caso, las razones de la administración eran que en el municipio había plazas públicas libres, y mientras no se cubrieran no quería ampliar la oferta de plazas en centros concertados.
El fallo sienta que los criterios de organización no pueden prevalecer sobre lo que dispone el art. 27.3 CE: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Ciertamente, precisa la juez, María Rosa Gutés, ese derecho no es el de la libre elección de centro, que no está garantizada por la CE. Ahora bien, continúa, “para que la imposición a los padres de un centro distinto al elegido no vulnere el art. 27 de la CE, es preciso que el centro impuesto garantice una formación equivalente a la que habían elegido”. Y eso no ocurre con el colegio público en cuestión, porque no tiene un ideario conforme con las convicciones de los padres demandantes.
La juez subraya que “la opción religiosa y moral es básica cuando de educación se trata”. Por eso, no se puede despreciar “por razones tan prosaicas como la del respeto a unos cupos fijados en función no de la demanda real de los padres, sino de las preferencias de la administración educativa por un determinado modelo de escuela”.
Ciertamente, hay que organizar las plazas para asegurar la escolarización de todos los alumnos, pero el derecho superior de las familias con respecto a la orientación moral y religiosa de la enseñanza constituye un límite a la discrecionalidad de la autoridad educativa para distribuirlos en los distintos centros. Así pues, señala la sentencia, “la oferta educativa debe ajustarse a la demanda, haciendo una prospección previa si es necesario, en lugar de ofertar unas plazas que luego no se pueden cubrir, como ocurre en el municipio de Santpedor, por razones que la demandada [la Generalitat] no debería despreciar”.

domingo, 27 de julio de 2008

UNA INFANCIA SOLEADA

“Cuando encontramos personas que caminan abierta, directa y libremente y que transmiten luz y calor, entonces podemos afirmar con seguridad que tuvieron una infancia soleada y que el sol de esa infancia fue el amor de sus padres”.
EDITH STEIN


PADRES BRILLANTES, MAESTROS FASCINANTES
http://bibliotecadefamilia.blogspot.com/2008/08/padres-brillantes-maestros-fascinantes.html

CARTA AL DUQUE DE NORFOLK (TRATADO SOBRE LA CONCIENCIA)
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LA URGENCIA DE LA EDUCACIÓN
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EDUCAR LA CONCIENCIA
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QUIEN QUIERA ENSEÑARNOS UNA VERDAD..
http://bibliotecadefamilia.blogspot.com/2008/06/una-infancia-soleada.html

LIBERTAD PARA ELEGIR & ADMINISTRACIÓN EDUCATIVA
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domingo, 6 de julio de 2008

LA URGENCIA DE LA EDUCACIÓN

Carta de Benedicto XVI

He querido dirigirme a vosotros con esta carta para hablaros de un problema que vosotros mismos experimentáis y en el que están comprometidos los diversos componentes de nuestra Iglesia: el problema de la educación. Todos nos preocupamos por el bien de las personas que amamos, en particular por nuestros niños, adolescentes y jóvenes. En efecto, sabemos que de ellos depende el futuro de nuestra ciudad. Por tanto, no podemos menos de interesarnos por la formación de las nuevas generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, y por su salud, no sólo física sino también moral. Ahora bien, educar jamás ha sido fácil, y hoy parece cada vez más difícil. Lo saben bien los padres de familia, los profesores, los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Por eso, se habla de una gran "emergencia educativa", confirmada por los fracasos en los que muy a menudo terminan nuestros esfuerzos por formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás y de dar un sentido a su vida. Así, resulta espontáneo culpar a las nuevas generaciones, como si los niños que nacen hoy fueran diferentes de los que nacían en el pasado. Además, se habla de una "ruptura entre las generaciones", que ciertamente existe y pesa, pero es más bien el efecto y no la causa de la falta de transmisión de certezas y valores. Por consiguiente, ¿debemos echar la culpa a los adultos de hoy, que ya no serían capaces de educar? Ciertamente, tanto entre los padres como entre los profesores, y en general entre los educadores, es fuerte la tentación de renunciar; más aún, existe incluso el riesgo de no comprender ni siquiera cuál es su papel, o mejor, la misión que se les ha confiado. En realidad, no sólo están en juego las responsabilidades personales de los adultos o de los jóvenes, que ciertamente existen y no deben ocultarse, sino también un clima generalizado, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien; en definitiva, de la bondad de la vida. Entonces, se hace difícil transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida. Queridos hermanos y hermanas de Roma, ante esta situación quisiera deciros unas palabras muy sencillas: ¡No tengáis miedo! En efecto, todas estas dificultades no son insuperables. Más bien, por decirlo así, son la otra cara de la medalla del don grande y valioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, donde los progresos actuales pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no existe esa misma posibilidad de acumulación, porque la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación debe tomar de nuevo, personalmente, sus decisiones. Ni siquiera los valores más grandes del pasado pueden heredarse simplemente; tienen que ser asumidos y renovados a través de una opción personal, a menudo costosa. Pero cuando vacilan los cimientos y fallan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores vuelve a sentirse de modo urgente; así, en concreto, hoy aumenta la exigencia de una educación que sea verdaderamente tal. La solicitan los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la solicitan tantos profesores, que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; la solicita la sociedad en su conjunto, que ve cómo se ponen en duda las bases mismas de la convivencia; la solicitan en lo más íntimo los mismos muchachos y jóvenes, que no quieren verse abandonados ante los desafíos de la vida. Además, quien cree en Jesucristo posee un motivo ulterior y más fuerte para no tener miedo, pues sabe que Dios no nos abandona, que su amor nos alcanza donde estamos y como somos, con nuestras miserias y debilidades, para ofrecernos una nueva posibilidad de bien. Queridos hermanos y hermanas, para hacer aún más concretas mis reflexiones, puede ser útil identificar algunas exigencias comunes de una educación auténtica. Ante todo, necesita la cercanía y la confianza que nacen del amor: pienso en la primera y fundamental experiencia de amor que hacen los niños —o que, por lo menos, deberían hacer— con sus padres. Pero todo verdadero educador sabe que para educar debe dar algo de sí mismo y que solamente así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico. Además, en un niño pequeño ya existe un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería muy pobre la educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta acerca de la verdad, sobre todo acerca de la verdad que puede guiar la vida. También el sufrimiento forma parte de la verdad de nuestra vida. Por eso, al tratar de proteger a los más jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de formar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas, pues la capacidad de amar corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos. Así, queridos amigos de Roma, llegamos al punto quizá más delicado de la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. Pero la relación educativa es ante todo encuentro de dos libertades, y la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad. A medida que el niño crece, se convierte en adolescente y después en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas. En cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlo en sus errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que los compartimos como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano. Así pues, la educación no puede prescindir del prestigio, que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Es fruto de experiencia y competencia, pero se adquiere sobre todo con la coherencia de la propia vida y con la implicación personal, expresión del amor verdadero. Por consiguiente, el educador es un testigo de la verdad y del bien; ciertamente, también él es frágil y puede tener fallos, pero siempre tratará de ponerse de nuevo en sintonía con su misión. Queridos fieles de Roma, estas sencillas consideraciones muestran cómo, en la educación, es decisivo el sentido de responsabilidad: responsabilidad del educador, desde luego, pero también, y en la medida en que crece en edad, responsabilidad del hijo, del alumno, del joven que entra en el mundo del trabajo. Es responsable quien sabe responder a sí mismo y a los demás. Además, quien cree trata de responder ante todo a Dios, que lo ha amado primero. La responsabilidad es, en primer lugar, personal; pero hay también una responsabilidad que compartimos juntos, como ciudadanos de una misma ciudad y de una misma nación, como miembros de la familia humana y, si somos creyentes, como hijos de un único Dios y miembros de la Iglesia. De hecho, las ideas, los estilos de vida, las leyes, las orientaciones globales de la sociedad en que vivimos, y la imagen que da de sí misma a través de los medios de comunicación, ejercen gran influencia en la formación de las nuevas generaciones para el bien, pero a menudo también para el mal. Ahora bien, la sociedad no es algo abstracto; al final, somos nosotros mismos, todos juntos, con las orientaciones, las reglas y los representantes que elegimos, aunque los papeles y las responsabilidades de cada uno sean diversos. Por tanto, se necesita la contribución de cada uno de nosotros, de cada persona, familia o grupo social, para que la sociedad, comenzando por nuestra ciudad de Roma, llegue a crear un ambiente más favorable a la educación. Por último, quisiera proponeros un pensamiento que desarrollé en mi reciente carta encíclica Spe salvi, sobre la esperanza cristiana: sólo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación, como de toda la vida. Hoy nuestra esperanza se ve asechada desde muchas partes, y también nosotros, como los antiguos paganos, corremos el riesgo de convertirnos en hombres "sin esperanza y sin Dios en este mundo", como escribió el apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 2, 12). Precisamente de aquí nace la dificultad tal vez más profunda para una verdadera obra educativa, pues en la raíz de la crisis de la educación hay una crisis de confianza en la vida. Por consiguiente, no puedo terminar esta carta sin una cordial invitación a poner nuestra esperanza en Dios. Sólo él es la esperanza que supera todas las decepciones; sólo su amor no puede ser destruido por la muerte; sólo su justicia y su misericordia pueden sanar las injusticias y recompensar los sufrimientos soportados. La esperanza que se dirige a Dios no es jamás una esperanza sólo para mí; al mismo tiempo, es siempre una esperanza para los demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios en el bien, nos estimula a educarnos recíprocamente en la verdad y en el amor. Os saludo con afecto y os aseguro un recuerdo especial en la oración, a la vez que envío a todos mi bendición. Vaticano, 21 de enero de 2008

jueves, 3 de julio de 2008

EDUCAR LA CONCIENCIA

Notas de Conferencias de D. Francisco Fernández Carvajal

¿Qué es la conciencia?

- Recomienda la Encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II, y los puntos 1766 a 1802 del Catecismo de la Iglesia Católica.
- La educación de la conciencia es una tarea para toda la vida. La vida para un cristiano es un camino hacia Dios. Un camino más bien corto. Un cristiano sensato lo que quiere es llegar a Dios, llegar al final.
- A veces se pierde el camino –la sociedad que nos rodea, los malos ejemplos, pueden oscurecer la luz- entonces la conciencia es la “brújula”, que nos guía por la vida.
- La conciencia marca el juicio del entendemiento sobre la bondad o malicia de las acciones. Por una parte interviene la inteligencia, que es la que emite el juicio y por otra la voluntad, que se adhiere o rechaza el juicio.
- Cuando sistematicamente se rechaza el juicio moral la conciencia se oscurece, queda adormecida, pero nunca del todo ciega, pues hasta el peor de los hombres percibe lo que está bién y lo que no.
- La conciencia no queda nunca del todo muda, siempre obliga, porque es la voz de Dios en el corazón. Decía San Buenaventura que la conciencia es “el pregonero de Dios”. Lo que nos dice la conciencia es un mandato de Dios.
- Dios no sólo habla al corazón de cada persona, también habla por el Magisterio de la Iglesia, pues de lo contrario, con cierta facilidad, caeríamos en el subjetivismo. A veces también es necesario pedir luz, el consejo de personas autorizadas que nos hagan ver más claro el camino.
- A veces el camino a seguir no es el más brillante desde el punto de vista humano, puede incluso ser duro, dificil de recorrer, sobre todo sin el sentido que da la “filiación divina”. Somos hijos de Dios, y Él nos ayuda, porque el que sabe bien cómo es el hombre y qué nos conviene es Él.
- El camino bueno es el camino feliz. Chesterton dijo que se había convertido al cristianismo porque quería ser feliz.
- La conciencia es lo más delicado del hombre, el “sagrario íntimo” donde se encuentra con Dios. Por ello la formación de la conciencia es crucial en la educación de los hijos.

Presupuestos de la formación de la conciencia

1. La Rectitud de intención, querer ir a Dios y organizar la vida con arreglo a ésto. Sin este concepto primario no hay formación de la conciencia.

Dios es el fin último, y todo lo demás son instrumentos para alcanzar este fin. Por eso hay que rectificar constantemente (hacer recto lo que estaba torcido). Para llegar a Dios hay que cumplir su voluntad. La santidad es la alegría de cumplir la voluntad de Dios en todo momento, incluso en las dificultades, en las que no nos faltará la Gracia de Dios.
2. La humildad, que es aceptar que a veces hacemos las cosas mal, y “no pasa nada”. La humildad de llamar a cada cosa por su nombre. La humildad de ser sinceros para dejarse ayudar. La humildad de saber retroceder y rectificar. La humildad de buscar la verdad, ser “exploradores de la verdad”. Para Sócrates conocer la verdad era ser bueno.
3. Formar muy bien la inteligencia. La lectura es un medio muy importante de formación, pues la conciencia debe estar alumbrada por principios básicos para poder formar un juicio. Hay que fomentar la lectura, que forma la inteligencia. Hay que sacar tiempo para “saborear” la lectura, que lleva a pensar evitando el empobrecimiento interior, forjando criterios claros. El error y la ignorancia son los grandes enemigos de Dios porque deforman su Imagen.

Educar la conciencia de los hijos
La vida cristiana es un camino hacia Dios y la conciencia es la brújula que señala el rumbo. La educación de la conciencia se realiza en la familia.
El cañamazo donde se apoya la educación de la conciencia es la filiación divina. Que los niños sepan que Dios es un Padre Bueno, es compatible con el “temor de Dios”, que es un temor de respeto, no de miedo. No identificar a Dios con la imagen del “ojo crítico”.
No se puede educar la conciencia en el miedo, sino en la “filiación divina”. Las acciones buenas son alegrías que se le dan a Dios, que es un Padre Bueno.
Diferenciar el pecado de las cosas mal hechas. Lo que está mal ( ser desordenado, ser pesado, no rezar,...) no siempre coincide con el pecado.
El pecado no es algo externo, algo que dependa de las estructuras sociales, de los demás, de la educación, es algo personal, interno.

Hablarles a los niños del pecado no los “trauma”, es precisamente lo contrario, es el pecado mal digerido, “el pecado sin perdón” el que atasca la psicología.
El pecado que primero se manifiesta en los niños es el egoísmo (la soberbia es lo que tiene las raíces más profundas en el alma humana). Enseñar a compartir y a darse, y de ninguna manera sobrealimentar el egoísmo de los niños. El egoísmo es la fuente de muchos pecados: faltas contra la caridad, rabietas, ataques, lloros cuando algo sale mal.
Los mandamientos, los preceptos no son algo negativo, algo que coharte la libertad. Los mandamientos son el “manual de instrucciones” del “Fabricante”: las recomendaciones que Dios da para el buen funcionamiento de su “invento” que somos nosotros. Los mandamientos no son “un capricho de Dios”. Dios es el que sabe cómo funciona el hombre, el que mejor le conoce, porque lo ha creado. Las restricciones no recortan la libertad necesariamente, sino que muchas veces la preservan (por ejemplo, la limitación de velocidad en carretera nos permite llegar sin contratiempos al destino)
Las razones que se dan a los niños han de ser siempre positivas. ¿Por qué ir a Misa? Porque el Señor nos espera allí. ¿Por qué rezar? Para tratar de amistad con el Señor.
Educación de la pureza. Enseñar el sentido de la sexualidad corresponde a los padres, y no se trata sólo de dar información técnica. La sexualidad es algo bueno que Dios ha puesto en el hombre, y por tanto es algo “sagrado”. El pecado contra la pureza consiste en convertir algo sagrado en un instrumento de placer, frivolizar con algo profundo, que no es un juego, que hay que mirarlo con respeto. La sexualidad así trivializada no une, porque la sexualidad sólo une cuando está en su lugar.
A las niñas hay que prevenirlas contra los “chantajes” de los chicos: “si no me dejas, te dejo”. La pureza es respeto a la otra persona, si no te respeta no te quiere como persona. Las niñas no comprenden a veces que en la mentalidad de los chicos ellos aprecian más a las niñas que mantienen los límites.
Enseñar a las niñas la diferencia entre ir atractivas e ir provocativas. En el fondo ellas lo saben porque aprecian cómo las miran. Con tal de llamar la atención no vale todo. No ser mirada a cualquier precio. Es muy importante que se las vea algo detrás de la fachada, cultivar los valores humanos. Enseñarlas desde pequeñas el sentido del pudor, el recato, la modestia.
La vida espiritual. La vida en general y la vida interior en particular está hecha de derrotas y de victorias, y “no pasa nada”. No hay que desfondarse pues nadie de una atacada llega al Cielo. Hay que preparar para el dolor, el sacrificio. La vida no es de color de rosa, puede ser feliz, pero no rosa.
Ejemplaridad. Los hijos no quieren padres perfectos, pero si padres que luchan. No puede haber una doble moral, reconocer los fallos y demostrar la buena voluntad de mejorar.

El relativismo moral en la sociedad actual
Relativismo moral quiere decir que no hay absolutos morales, hay opiniones. Esto socaba las bases de la sociedad.
A- LA VIDA MORAL ES UN SEGUIMIENTO DE CRISTO
En la Veritatis Splendor, Juan Pablo II plantea la vida moral no como un reglamento o una casuística, sino como un seguimiento de Cristo.

* Seguir a Cristo es el fundamento esencial de la moral cristiana. No se trata de escuchar una enseñanza o cumplir los mandamientos, sino de algo más radical, adherirse a la Persona de Jesús a través de acciones morales.
Los actos humanos buenos, no sólo son buenos para la persona que los recibe, sino que son además buenos para la persona que los realiza, porque la transforma en alguien mejor, e incluso la hacen sentirse bien consigo misma (ceder el paso, indicar una dirección a alguien que está perdido...)
Los actos buenos nos hacen mejores porque nos identifican con Cristo. Y al revés, al hacer algo malo cambiamos para mal.
Un cristiano no es más que un reflejo de Cristo (sonreir, hacer la vida amable,...). S. Agustín decía que los cristianos no somos la luz, sino que reflejamos la luz. En la Lumen Gentium del Concilio Vaticano II se dice que Dios se transparenta en el mundo a través de los cristianos.

* Juan Pablo II tiene en cuenta en sus escritos todo lo que el conocimiento y la ciencia recoge sobre cómo es el hombre (la herencia genética, la educación, la sociedad que le rodea, la edad,...) . Son circunstancias que hacen muy personal todo lo que hacemos. Cada acto moral es un acto personal (Personalismo)
Pero frente a estas circunstancias personales, que pueden ser cambiantes hay cosas que no cambian : absolutos morales. Entregar la vida por otra persona es un acto bueno en sí mismo. Las acciones terroristas son actos malos en sí mismo. Y son actos buenos y malos en sí mismos porque están de acuerdo o no con lo humano, con la moral natural.

* La acción buena es independiente de la utilidad. La bondad no se puede confundir con la utilidad.

Dentro del Relativismo Moral se encuentra una corriente denominada Consecuencialismo, que opina que para ver la bondad moral de un acto hay que ver las consecuencias del mismo. No se pueden justificar conductas como por ejemplo el divorcio y sucesivos matrimonios, aunque éstos pudieran hacer que la convivencia mejorara para una persona. Así mismo hay actos intrínsecamente malos, aunque no se derive de ellos ningún mal importante, como por ejemplo robar una cosa pequeña en unos grandes almacenes.
La bondad de un acto no depende de sus consecuencias, sino de la verdad, a pesar de que la verdad puede ser muy dura y dificil de vivir.
La bondad de un acto viene determinada por el objeto moral de ese acto, es decir por la verdad que subyace detrás del acto. La moral está ligada a la verdad, no a la utilidad o a la conveniencia. Así en el caso del matrimonio civil el objeto moral es la convivencia ilícita, las circunstancias que lo rodeen, la conveniencia pueden ser importantes pero no lo hacen bueno si el objeto moral no lo es.
La Iglesia puede parecer dura en ocasiones, pero no puede renunciar a la verdad. Se ha de ser intransigente con el mal, pero comprensivo con la persona. La persona es intocable, pero el error es error.
También entendemos que hay verdades relativas (un relativismo bueno), como por ejemplo, la ropa que se lleva hoy en día y la de principios de siglo. Hay que distinguir estas verdades relativas, de verdades que son absolutos morales, conocidos por la razón o iluminados por el Magisterio de la Iglesia.

B- LA OPINIÓN Y LA MORAL
El “opinar” socava los fundamentos de la moral, porque las opiniones están hechas a nuestra medida (pereza, vanidad, utilidad,...). La opinión es muchas veces lo que a mí, por mis circunstancias, en este momento me conviene más.
La moral de situación son distintos sistemas morales que tratan de justificar lo que nos conviene. Hoy se da una amoralidad reconocida de la sociedad. Auténticos valores morales valederos en sí y por sí mismos, son rebatidos por las encuestas, el consenso, los medios de comunicación. El consenso es útil para moverse en sociedad, pero no crea la verdad. Hoy se dice que la moral no se puede mezclar con los negocios, con la política, con el matrimonio,...
Actualmente se intenta manipular la opinión frente a los principios morales tradicionales (incitar a la homosexualidad, a la pérdida de la virginidad,...). Esto puede afectar mucho a las conciencias, sobre todo en adolescentes y personas más sensibles a influjos externos. Se presenta a la Iglesia como un factor retardatorio de la modernidad, defensora de una moral pasada de moda. Los mandamientos se ven como algo represivo, como un conjunto de prohibiciones que cohartan la libertad del hombre.
Frente a esto hay que presentar la moral como un bien para la sociedad, un factor de convivencia imprescindible. No cabría pensar en una sociedad donde lo que imperase fuera la mentira, el asesinato, el robo, la infidelidad,...
Nadie pone en duda que el hombre ha progresado mucho, pero no por ello somos más felices. Hay que reconocer valores en alza en esta sociedad, como la solidaridad, pero sin olvidar factores muy preocupantes, el ataque sistemático a la familia, los ejemplos nefastos de cambio de pareja, desligar la sexualidad de la procreación,...El progreso económico no tiene por qué ser progreso humano, fenómenos como la publicidad, la moda despersonalizan, los medios de comunicación manipulan,...
Hay que salir de la anestesia general. Habrá que hablar sin complejos y gozarse en la belleza del bien. Apoyarse en verdades de fondo, el hombre como imagen de Dios, Filiación divina, la vida como camino hacia Dios. La lectura es un tema muy importante. Ser capaces de defender lo que creemos.

viernes, 27 de junio de 2008

QUIEN QUIERA ENSEÑARNOS UNA VERDAD

ORTEGA Y GASSET
“Quien quiera enseñarnos una verdad que no nos la diga, simplemente que aluda a ella con un breve gesto, gesto que inicie en el aire una ideal trayectoria, deslizándose por la cual lleguemos nosotros mismos hacia los pies de la nueva verdad”. Quien quiera enseñarnos una verdad que nos sitúe de modo que la descubramos nosotros.