domingo, 23 de marzo de 2008

DONDE ESTÁ LA LIBERTAD ALLÍ ESTÁN LOS LIBROS

ALEJANDRO LLANO

Decía Pascal que todos los conflictos que acontecen en el mundo provienen de que los hombres no saben permanecer tranquilos en su aposento. Pero ¿qué podía hacer una persona en su habitación, allá por el siglo XVII, cuando Pascal escribía sus pensamientos? Porque no disponían de televisión, ni de ordenador, ni de teléfono móvil. Sólo les cabía leer. La lectura tiene un efecto benéfico inmediato. Mientras se lee, no se incordia al prójimo. Pero hay mucho más. Porque, según Marcel Proust, la lectura es la amistad pura y tranquila.

Que es una actividad tranquila no se debe únicamente a que, mientras se lee en silencio, no se molesta a nadie. Además de no intranquilizar, leer nos aquieta, nos serena. Adoptamos una actitud contemplativa, en la que sólo nos interesa conocer lo que el autor dice, la teoría que expone, la historia que relata, la emoción que expresa. Si alguien llega agitado de su trabajo, una de las mejores maneras de calmar el ánimo es tomar un libro entre las manos y dejar que la vista recorra las líneas impresas. Poco a poco el texto reclama nuestra atención, y ya no pensamos en nuestras cuitas, sino que nos incorporamos a la corriente narrativa, que es como un río que nos lleva. Y vivimos las vidas de los protagonistas del relato, dirigimos los ojos a la realidad con el autor del ensayo o vibramos con las intuiciones del poema. Como dice Pedro Salinas, leer es vivirse reviviendo.

Esta forma de “dejar ser” a algo que nos supera y nos envuelve implica una postura benevolente, una salida de la subjetividad, para identificarnos con las cosas mismas, con los personajes que adquieren vida en el libro que leemos. Ha cesado toda motivación egocéntrica. Cuando de niños, devorábamos un relato de aventuras, nos metíamos en la piel del héroe, y corríamos con él toda suerte de peligros. Después nos aficionamos a las novelas policíacas y la indagación de quién había sido el autor del crimen nos mantenía en vilo hasta que llegábamos a la desvelación del enigma. Si leíamos un libro de viajes por paisajes remotos, era aquello mismo -el polo Sur o las selvas amazónicas- lo que nos atraía. La lectura es desinteresada y purificadora. “La atmósfera de esta amistad pura —escribe Proust- es el silencio, más puro que la palabra. Además, el silencio no lleva, como la palabra, la marca de nuestros defectos, de nuestros fingimientos. El silencio es puro. Entre el pensamiento del autor y el nuestro no interpone esos elementos irreductibles, refractarios al pensamiento, de nuestros diferentes egoísmos. El lenguaje mismo del libro es puro, transparente, merced al pensamiento del autor que lo ha aligerado de todo lo accesorio hasta conseguir una imagen fiel. Es la más noble y ennoblecedora de las distracciones, ya que únicamente la lectura y la sabiduría proporcionan los buenos modales de la inteligencia”.

Todos los mundos posibles se dan cita ante el lector. Quienes adquirieron en la infancia un amor a los libros que les acompañará hasta la ancianidad, son personas que viven muchas vidas. Expanden y enriquecen la suya al entreverarla con la de otros. Su inteligencia crece, su imaginación se agranda. Se pasean por los vericuetos de la historia, por los laberintos de la ciencia, por las maravillas de la fantasía. Tienen una mente educada que les torna capaces de plantearse alternativas inéditas y recorrer sendas inexploradas.

Gracias a esos objetos materialmente mínimos que son los libros, el lector elige sus Interlocutores entre las cabezas más lúcidas y sensibles de la humanidad. En algo tan pequeño, cuántas ideas encontrará, cuántas vivencias podrá incorporar, qué placeres más limpios y fuertes le están reservados.

Los mejores libros son aquellos cuya lectura nos capacita para entenderlos. Al pasar atentamente, amorosamente, por las páginas de un buen libro, es el libro el que pasa por nosotros. Y allí, en el hondón del alma, deja su huella. Es un légamo fecundo, que acrece y potencia la propia vida.

La lectura y la vida no se oponen entre sí. Escucharhos a veces la llamada de atención del hombre pragmático: ¡Ya está bien de leer, es hora de vivir! Como si el ejercicio de las más altas facultades de la mente no fuera la forma más alta de vida. La verdad es que el pensamiento y la imaginación nos revelan un horizonte de fulgores insospechados y sorprendentes. Mientras que la pura vitalidad es mera agitación, sometida al principio de inercia.

Una educación que prescinda de los libros, y todo lo fie a las nuevas tecnologías y al activismo, es una mala educación. Frente al riesgo de una instrucción posliteraria, al observar que la afición a la lectura desciende alarmantemente entre los jóvenes, es preciso difundir con toda el alma el amor a los libros. Porque los libros son el cauce ordinario y común de la vida del espíritu.

Donde está la libertad, allí están los libros, No olvidemos que todas las formas de totalitarismo han tratado de suprimir la afición a la lectura, o la han reducido a una sola posibilidad, como sucedió con la imposición en China del libro rojo de Mao. Mientras nos quede la palabra, habrá al menos un rescoldo de libertad. El mejor antídoto contra la violencia es la pasión por la lectura.